domingo, 24 de agosto de 2014

Hacia dónde va el conflicto palestino-israelí: orígenes y actualidad


"El origen de Israel es como el del niño que nace de una violación", declaraba hace unas semanas el lúcido historiador israelí Shlomo Sand en una entrevista publicada en Público. El niño, que nació en 1948, cuando el Estado de Israel se creyó con derecho a apropiarse todo el territorio de la Palestina histórica expulsando a cuanta mayor cantidad de población árabe fuera posible, sigue causando estragos e imposibilitando una salida pacífica y razonable de un conflicto que ya dura ocho décadas.

Desde hace mes y medio, Israel ha vuelto a enseñar los dientes atacando la franja de Gaza, un territorio históricamente rebelde y cuya población está siendo masacrada una vez más ante el vergonzoso silencio de la mayoría de la comunidad internacional occidental, especialmente de EEUU. La agresión se inició tras el secuestro y asesinato de tres chicos israelíes judíos a comienzos de junio cuya autoría fue rápida y falsamente atribuida a Hamás por parte del Estado judío, que, en vez de actuar policial y judicialmente, optó por la vía militar, algo a lo que nos tiene acostumbrados.

Desde el inicio de las acciones militares, el 8 de julio, las atrocidades israelíes han causado (datos de UNRWA) la muerte de en torno a 2.000 personas (459 niños), 10.000 heridos (3.000 niños, de los cuales un tercio quedarán discapacitados para el resto de su vida y en torno a 1.500 huérfanos tras el conflicto). Además, se han destruido colegios, centros humanitarios –han fallecido varios miembros de UNRWA–, multitud de viviendas (un 270% más que en la anterior operación en 2008) provocando el aumento frenético y caótico del ya de por sí enorme número de refugiados sin hogar. Hay que recordar que la depauperado economía de la franja de Gaza lleva dos décadas –desde los Acuerdos de Oslo– estancada o arruinada y el bloqueo por parte de Israel en 2007 –con la bochornosa complicidad del otrora orgulloso Egipto– no hizo más que ahondar la problemática de una ciudad superpoblada (con una densidad de 5.000 personas por km/2), una tasa de paro disparada (40%) y una inmensa mayoría que sobrevive con menos de dos dólares al día, la mayor parte de ellos vienen de las ayudas de la comunidad internacional, incapaz de buscar una salida política seria y viable. En definitiva, se está viendo una nueva agudización de la crisis humanitaria que Gaza en particular y Palestina en general llevan decenios sufriendo y que merece la pena sintetizar en varias fases.

Origen del conflicto palestino-israelí: un plan por fases
Una leve mirada a la Historia basta para entender que si algo ha sido la región de la Palestina histórica es un crisol de culturas, etnias y religiones. Sin embargo, y a pesar de toda la literatura farsa que se ha intentado construir desde el poderoso lobby sionista estadounidense, es un hecho probado que la población árabe era una mayoría aplastante y poseía la mayor parte de las tierras a comienzos del S.XX, cuando el territorio estaba bajo el Mandato británico. Fue en Inglaterra donde el sionismo, que siempre fue un nacionalismo adinerado, presionó e influyó con dinero para que se llevara a cabo la Declaración Balfour en 1917 con el objetivo de facilitar la llegada de judíos a Palestina intentando crear las bases de lo que vendría después en 1948. El argumento sionista de que aquella tierra estaba deshabitada, o de que no existía un pueblo que la sintiera como suya como sí hacían los judíos de medio mundo, queda en evidencia si se recuerda que ya a finales de los años 30 tuvo lugar una Revuelta Árabe –que también se llamó Primera Intifada– con motivo del número exagerado de judíos que estaban llegando ilegalmente por aquellos tiempos con la permisividad de Gran Bretaña.

De hecho, existen pruebas concluyentes de que grandes sectores del sionismo –que después se tornarían dominantes siendo parte de los sucesivos gobiernos israelíes– tenían perfectamente planeado que, una vez que obtuvieran un Estado judío propio, la expulsión en masa de la población árabe sería un requisito indispensable para el asentamiento del nuevo Estado. Uno de los arquitectos de dicho plan por fases fue el socialista Ben Gurion, cuyo Partido Laborista y otros sectores izquierdistas de la época creían en teoría en la igualdad de las clases trabajadoras judías y árabes. Sin embargo, y a pesar de que el Estado de Israel sí que contó con cimientos similares a los de las socialdemocracias europeas, Ben Gurion y su partido eran tan dolorosamente racistas que creían que la resistencia árabe inicial se debía al dominio de los señores feudales sobre la población humilde palestina. En defensa de estos sionistas, hay que reconocer que su visión occidental y racista era compartida por muchas izquerdas europeas, que todavía veían el resto de mundo como tribus de bárbaros feudales. El propio Marx, a finales del S.XIX, vio con buenos ojos la ocupación británica de la India en un claro ejemplo de idealización orientalizante, tal y como el intelectual palestino Edward Said detalló en su obra Orientalismo.

Sin embargo, el sionismo siempre fue más allá. Como un fruto del colonialismo del S.XIX que maduró tardíamente a mediados del S.XX, el trato de Israel al pueblo palestino ha sido totalmente anacrónico protagonizando la ocupación más extendida de la Historia y siendo el racismo uno de sus pilares básicos en una época en la que estas formas de dominación parecían extinguirse.

Un Estado judío solo para los judíos
Así es, Israel es el Estado de los judíos, el lugar adonde todos los judíos del mundo pueden acudir sin restricciones. Esta idea totalmente etnocentrista parece intolerable hoy en día, y ha sido ampliamente criticada durante décadas desde la Guerra de 1948, cuando las matanzas sionistas y el terror que éstas generaban obligaron a gran parte de la población árabe a huir a otras regiones árabes –especialmente a la vecina Jordania– siendo todavía hoy refugiados oficiales cuyo derecho de regreso no está reconocido por Israel, que ha violado el derecho internacional con una facilidad insultante a lo largo de su existencia. La huida árabe fue contemplada con buenos ojos por el nuevo Estado judío. El propio Ben Gurion se manifestó en estos términos:
"Por lo que conozco de nuestra historia en este país, si se pusiera en marcha un desplazamiento obligatorio, significaría un éxito sin precedentes desde el punto de vista del asentamiento y nos concedería un vasto territorio."
El Estado de Israel, al contrario que cualquier Estado decente, no sostiene el principio de ciudadanía como base de la nación, sino el de simple y llanamente ser judío. Por lo tanto, para crear ese Estado judío, era imprescindible la mayoría judía, por lo que todo aquél que no lo fuera sobraba y era conveniente expulsarlo. De ahí la expulsión de árabes en masa, y el trato de ciudadanos de segunda a los que se quedaron en el país naciente. Otro ejemplo del racismo evidente de Israel fue la facilidad con la que acogieron a los judíos rusos que llegaron tras el derrumbe de la URSS, aunque muchos de ellos no cumplían la mayoría de requisitos para ser considerados judíos. Pero claro, ellos eran rubios, altos, tenían los ojos azules, habían recibido buena educación y eran muy útiles para el Estado israelí, así como para hacer frente al proceso de levantinización (judíos que llegaban de regiones de predominio musulmán y cuya piel y rasgos se parecían más a los de los árabes).

1967: el cisma palestino y árabe
En 1948, tras la derrota de los débiles ejércitos árabes, Gaza pasó a manos de Egipto y Cisjordania a manos de Jordania. La guerra de los Seis Días en 1967, en la que Israel aplastó nuevamente a los árabes, supuso el punto más bajo para dicho pueblo y la consumación de la ocupación de Gaza y Cisjordania a manos de Israel, una situación condenada por la ONU en innumerables ocasiones y que constituye la mayor vergüenza del Estado sionista.
Evolución de los territorios en la Palestina Histórica
Las razones de que aquella derrota fuera tan triste para los pueblos árabes son variadas. Para entonces, el pueblo palestino ya había encontrado formas de acción colectiva y organizada, destacando especialmente la OLP de Arafat, que ganaba fuerza desde Jordania y Siria y actuaba militarmente contra Israel, cuya población no crecía al ritmo que los sionistas deseaban y su economía seguía subvencionada por Occidente. Además, el Estado israelí temía el ascenso de una figura que uniera a los países árabes para crear un contrapoder en la región. El militar nacionalista egipcio Gamal Abdel Nasser aspiraba a ocupar ese espacio de liderazgo árabe, que, por cierto, en aquella época aspiraba a crear una vía al socialismo y era laico, muy lejos de la actual situación de los países de la región que han sido humillados y sometidos surgiendo formas de islamismo como forma de respuesta.

Egipto constituía la mayor esperanza para los palestinos y los árabes ya que contaba con un ejército notable en comparación a las débiles fuerzas de Siria o Jordania. Sin embargo, en 1967, cuando Israel actuó con absoluta soberbia en una crisis que se podría haber solucionado pacíficamente –Naciones Unidas mediante– y destrozó a las tropas de Nasser, la arrogancia sionista se disparó. Llegaron a creerse invencibles, por lo que las posteriores negociaciones para llegar a un acuerdo de paz con los países árabes, y especialmente con Egipto, resultaron ridículas. Ese ha sido uno de los rasgos predominantes de la política exterior israelí, bien respaldada por los EEUU, que consentían y aprobaban todos sus excesos, especialmente desde 1967, fecha a partir del cual EEUU se convence de la necesidad de Israel para proteger sus intereses en la región, lo que provocará el ascenso del enfermizo lobby sionista en el país. Fue tal la prepotencia de Israel en dichas "negociaciones" –boicoteó propuestas totamente neutrales, incluyendo alguna venida desde Washington– que, en 1973, Egipto, gobernado por otro militar nacionalista, Al-Sadat, tras la muerte de un infarto de Nasser, se vio obligado a atacar provocando el terror en el país judío, que creyó perder la guerra en un principio. Aunque consiguió enderezar el conflicto militarmente hablando, Israel se vio débil por primera vez ante el sorprendente poderío egipcio. Solo en esas circunstancias mostró una actitud más dialogante firmando en 1977 un Tratado de Paz con Al-Sadat. En cierta manera, ese momento culminante apaciguó a Egipto, restando opciones para una futura unidad árabe que pudiese liberar a los palestinos, cuyos líderes de la OLP fueron expulsados de Jordania tras una triste guerra, teniendo que instalarse en Líbano.

La invasión de Líbano: el via crucis de la OLP
Para 1982, la OLP se había establecido en Líbano, desde donde lanzaba ataques militares sobre Israel en el que provocaba muertes de civiles y militares como respuesta a la ocupación ilegal de los Territorios Ocupados de Gaza y Cisjordania. Por ello, el gobierno israelí procedió a atacar a su vecino del norte con más fuerza que nunca –hasta entonces ya era costumbre realizar incursiones violentas. Y en 1982, el famoso y casi imbatible ejercito israelí marchó sobre Beirut, capital de un país en plena guerra civil. Además de destrozar medio país y provocar la muerte de 20.000 libaneses y palestinos, Israel destruyó la base de la OLP –incluyendo los archivos de la organización– obligándola a irse a Túnez, donde la quiebra moral de Arafat y sus compañeros empezaría a forjarse tal y como se explicará más tarde. 

Sobre este conflicto, es recomendable ver la película autobiográfica Vals con Bashir, dirigida por Airl Folman, que participó en la guerra siendo un chaval. La película establece un paralelismo claro entre el comportamiento del ejército israelí con el de los nazis en los campos de concentración. Al igual que aquellos verdugos, los soldados de Israel se habían convertido en funcionarios de la muerte, más o menos apasionados, cuyo racismo aparece desprovisto de sadismo pero que causa matanzas de similares características. Hay que añadir que Israel no abandona el sur del Líbano hasta 2000, cuando la presión ejercida sobre el pesado ejército sionista por la organización político-militar Hezbollah y el pueblo libanés árabe se convierte en insoportable.

A partir de entonces, la OLP, que siguió siendo golpeada en Túnez, va a adoptar una postura de acercamiento a EEUU creyendo que esa era la mejor vía para obtener un Estado propio. Arafat y su camarilla empiezan a sentirse cómodos en esos círculos, exhibiendo una vida lujosa y distanciándose de su pueblo, cuya expresión más contundente de descontento será la Primera Intifada a finales de los 80, que propiciará la emergencia de Hamás, una organización islamista bastante alejada de la ideología de la Al Fatah de Arafat.

Oslo: un proceso de paz fracasado
A partir de finales de los 80, el papel de la OLP y de Arafat empieza a tornarse vergonzoso y aberrante. Es cierto que este análisis cuenta con la perspectiva que da el tiempo y que a Arafat ya no le quedaban muchas más salidas pero cuando en 1988 reconoció a Israel y comenzó el proceso que culminaría en la conversaciones de Oslo, el líder palestino estaba empezando a clavar sobre Palestina unos clavos muy difícles de sacar en el futuro. Arafat y la OLP se plegó a las exigencias de paz de Israel y EEUU sin ser capaz de representar dignamente a su pueblo expulsado, ocupado, humillado  y masacrado desde 1948. Es por ello que desde Oslo no hay nada más importante en el conflicto palestino-israelí que la paz, es por ello que los medios de comunicación occidentales, especialmente en EEUU, nunca se referirán a la ocupación en sus emisiones pero sí de que Hamás lanza cohetes con nula capacidad destructiva. No hablarán del armamento de última generación que EEUU regala a Israel para asesinar niños palestinos, pero sí de la violencia árabe que no cesa aquí y allá. Ponen a la misma altura dos violencias que son totalmente diferentes. Esta fórmula de propaganda se ha visto favorecida por las teorías de Huntington sobre la Guerra de Civilizaciones, metiendo en el mismo saco a todo musulmán o árabe y etiquetándolos de terrorista y bárbaro.

En esta labor, el lobby sionista estadounidense ha jugado un papel clave apropiándose de la única versión que los medios de comunicación dan sobre el conflicto, una tarea que desgraciadamente los palestinos han desempeñado pobremente, siendo incapaces de contrarrestar el poderío mediático de Israel. Es cierto que sus limitaciones económicas son mayores que las israelíes, pero su superioridad moral es evidente a todas luces. Es en esa área donde Palestina debe cimentar sus opciones futuras de cara a ganar apoyo en el exterior e incluso en la propia Israel, donde también existen sectores críticos con la gestión de los gobiernos de su país y una interesante tradición de izquierda dialogante.

Con Oslo, Arafat aceptó que su pueblo era un pueblo ocupado a cambio de una vida acomodada y ciertos privilegios en Ramalah para él y los suyos, además de unos ínfimos poderes internos de gobierno en Palestina, aunque nunca con soberanía real ya que Israel siguió empleándole como una marioneta. Los asentamientos de colonos y la construcción de redes de carreteras en Cisjordania han acabado por fragmentar los territorios –haciéndolos económicamente inviables– que están bajo gobierno de la corrupta Autoridad Palestina, incapaz de defender a su pueblo de las humillaciones en los controles fronterizos, del robo de tierras y de la violencia militar.  La Segunda Intifada a comienzos del milenio evidenció este fracaso y dio paso a una situación de cierta indefinición que cristaliza con estas operaciones de disciplinamiento de la Franja a manos del poderoso y violento ejército israelí.

El ascenso de Hamás propició un enfrentamiento con Fatah en 2006, que dejó muertos por ambos bandos, pero en las últimas fechas parecían haberse acercado las posturas entres ambas formaciones, algo no muy conveniente para el sionismo más radical, que aún llora la muerte del asesino de masas Ariel Sharon. Quizá ese acercamiento entre fuerzas palestinas ha inquietado lo suficiente a Tel-Aviv como para animarse a la masacre que está siendo la Operación Margen Protector, que cumple 46 días, ya que una nueva radicalización de Hamás volvería a situar el debate –si no lo estaba ya– en los pérfidos y malvados árabes que andan desmadrados cortando cabezas a periodistas estadounidenses en Irak o lanzando cohetes a los pobres israelíes. Es curioso ver cómo Occidente, donde se produjeron las más violentas muestras de antisemitismo a lo largo de la Historia, acusa de antisemitismo a los actos defensivos que los palestinos llevan a cabo. La mala conciencia, supongo.

Perspectivas
Ni siquiera el régimen sudafricano del apartheid se atrevió a bombardear los bantustanes donde los negros malvivían. El caso de Israel es posiblemente aún más cruel que aquel que castigó el sur de África. Por ello, la empresa de Palestina parece más complicada que la de Mandela, sobre todo teniendo en cuenta la tradicional escasa valía de sus dirigentes. Sin embargo, el pueblo palestino ha demostrado una tenacidad fuera de lo normal resistiendo a este "genocidio a cámara lenta" al que Israel intenta someterle. Creando unas condiciones de vida tan miserables en los Territorios Ocupados, era de esperar que los palestinos renunciaran a su identidad y marcharan a otros países o incluso que intentaran amoldarse a vivir en Israel como chusma bajo un Estado que no los reconoce como ciudadanos de pleno derecho. 

El factor demográfico favorece a Palestina –ya hay casi tantos árabes como judíos en la Palestina Histórica y la tendencia va a más debido al gran número de nacimientos palestinos. De seguir existiendo ese tenaz espíritu de resistencia, es posible que haya una salida para el heroico pueblo. La vía violenta no parece muy prometedora. Aunque el derecho internacional ampare la violencia que un pueblo ocupado ejerce contra su agresor y por lo tanto resulta ridículo condenarla –los periodistas occidentales han olvidado este pequeño detalle hace tiempo–, en el plano militar la superioridad israelí es manifiesta. También conviene tener en cuenta el papel que la geopolítica debería jugar en el conflicto. Oriente Medio vuelve a ser un espacio violento donde el islamismo crece con la colaboración unas veces y la condena otras de un Occidente que ansía dominar la región para dificultar las vías de aprovisionamiento energético que tan desesperadamente necesita y necesitará en el futuro China, a pesar de que ésta haya aliviado esa sed de petróleo con el trato con Rusia.

Las revoluciones árabes no acabaron de concretarse en algo positivo y sólido para el conjunto de países árabes, cuyos gobiernos parecen más desunidos que nunca, cuando no se ven envueltos en sangrientas guerras civiles, como en Siria. No surgen liderazgos laicos, como fantasea cierta izquierda europea, que olvida el papel del imperialismo occidental en la región y se aferra a teorías racistas que no hacen sino aumentar el desprecio hacia los árabes. El artículo enlazado está escrito por un "prestigioso" periodista progresista como Enric González y me recuerda a la postura de la izquierda con respecto a Ucrania y las formas de extrema derecha que resurgen allí. Los neonazis del ejército ucraniano son los equivalentes al Ejército Islámico que corta cabezas en Irak y Siria. Llevan en alguna parte de su cuerpo la firma Made in Occidente y amenazan con sumergir a sus pueblos en un baño de sangre generalizado en lo que se puede convertir –sí, desgraciadamente, sí– en un choque entre civilizaciones en el que la mayoría del pueblo árabe no sabrá que está participando ya que es una formulación construida desde Occidente por los propagandistas e ideologos occidentales para las asustadas y paralizadas sociedades occidentales. Esa es una perspectiva aterradora para los palestinos, que podrían ser de los primeros sacrificados. 

Aunque la geopolítica parezca cruel y esté alejada de la voluntad del pueblo árabe, todavía debemos esperar que resurjan en esos países formas de organización similares a las que están surgiendo en Latinoamerica –con las diferencias evidentes entre regiones y culturas– y esperemos surjan en Europa para frenar el ascenso de estos grupos extremistas que emergen en lugares tan diversos como Ucrania, Venezuela, Oriente Medio e incluso en la pulcra Europa y que recuerdan tanto al ascenso del fascismo en los años 20 y 30. Para Palestina, además, será importante acceder a contar su historia, su sufrimiento y sus peticiones al mundo y no esconderse en su asediado territorio, buscar alianzas en EEUU, Europa e Israel para concienciar de su lamentable situación a cuantas más personas mejor y, sobre todo, mostrar la perseverancia de seguir siendo un pueblo digno y combativo.