domingo, 29 de noviembre de 2015

Cine bélico americano: ascenso, trauma y apogeo de un imperio

La guerra de Vietnam como catalizador del caos moral de la sociedad americana en Apocalypse Now
Desde su nacimiento, ningún arte o medio de difusión ha sido tan efectivo como el cine a la hora de construir imaginarios colectivos y enseñar a pensar a generaciones muy diversas. El cine es un constructor de ideologías que ha sido empleado para enseñar Historia a las mentes jóvenes, para asentar consensos sobre lo que está bien y lo que está mal, para señalar a los enemigos de tu país o cultura, para apoyar diversas corrientes de pensamiento o para justificar guerras. Debido a esta función activa del cine apuntalando los cimientos de la ideología dominante, resulta necesario ser capaz de leer y desgranar el significado de las películas. Por esta razón, este blog va a seguir profundizando en esta área de conocimiento. Tras iniciar el ciclo de Cine e ideología el pasado verano con el artículo El tratamiento de la clase obrera en el cine, en esta segunda pieza se va a analizar el cine que EEUU ha realizado sobre algunas de sus guerras.

Se ha escogido la industria estadounidense por motivos obvios. Además de por ser la más desarrollada del mundo y de su importancia a la hora de narrar la controvertida evolución histórica del país americano, es la industria que más influencia ha tenido en el Occidente al que pertenecemos y que todavía vive en parte sometido a los dictados políticos de Washington. En definitiva, estudiar el cine bélico norteamericano es estudiarnos a nosotros mismos, nuestra visión de la Historia propia y ajena, a la vez que conocemos cómo Estados Unidos ha usado el Séptimo Arte para justificar sus desvaríos históricos, esconder sus vergüenzas, ensalzar sus gestas y mantener unido a un pueblo tan rico pero a veces tan autista e ignorante de lo que ocurre fuera de sus fronteras.

Las películas que se van a examinar –una muestra pequeña en comparación a la producción total– pertenecen a cuatro conflictos bélicos en los que ha participado EEUU: la Segunda Guerra Mundial (SGM), la Guerra de Vietnam y las Guerras del Golfo. Aunque hay más películas sobre otros conflictos, estas tres contiendas son quizá las más interesantes para someterlas a un estudio comparativo que muestre las diferentes perspectivas que ha adoptado el cine estadounidense hacia sus guerras. En líneas generales, son fácilmente observables varias características generales de cada bloque de films. 

Por ejemplo, si es notoria y reconocida la presencia de elementos de autocrítica –en ocasiones en tono casi apocalíptico– en el cine sobre el Vietnam, resulta cada vez más evidente que el cine sobre la Guerra de Irak ha tomado un tinte cada vez más conservador y unilateral, mezclado con ingredientes de islamofobia evidentes. Por otra parte, la Segunda Guerra Mundial ha producido un cine colorido, variado, épico y poco conflictivo moralmente. En el cine sobre la SGM, es evidente quiénes son los buenos y cuál es su deber, aunque también aparecen referencias a la crueldad de la guerra y la aspiración de un mundo pacífico.

Sobre la SGM: riqueza temática y orgullo moral

El espectacular desembarco de Normandía en Salvar al soldado Ryan, film icónico de la SGM
"James, hágase usted digno de esto…, merézcalo."
Escena final de Salvar al soldado Ryan (1998)
"Si ha oído de nosotros, probablemente sabe que no estamos en el negocio de tomar prisioneros. Estamos en el negocio de matar nazis y el negocio es todo un éxito."
Escena de Malditos bastardos (2009)
La Segunda Guerra Mundial ha dado y sigue dando un sin fin de películas. Es un tema muy común dentro de la industria estadounidense, que no entiende de épocas ni ideologías, pues directores de diversa índole y personalidad han abordado el conflicto en sus obras a lo largo de décadas. Ello ocurre porque es una parte de la Historia norteamericana sobre la cual no hay grandes discusiones morales ni ideológicas; no se cuestiona la participación del país en ella ni las barbaridades cometidas durante  la guerra. Es un cine que no debe dar muchas explicaciones, por lo que no hay temor a recuperar el tema para llevarlo a la gran pantalla, al contrario de lo que ocurre con la guerra de Vietnam. La principal razón por la que se ha añadido a este artículo el cine sobre la SGM es para usarla como elemento comparativo con los otros dos temas.

Una aventura sobre los principios militares en la clásica El puente sobre el río Kwai
La abundancia de cintas sobre la SGM ha originado uno de los rasgos más característicos del género: la riqueza de temas que tratan dichos films. Además de las historias ambientadas en el frente, podemos encontrar obras que centran su acción en los campos de concentración o de prisioneros como La lista de Schindler (1993), Stalag 17 (1953) o La gran evasión (1963); la retaguardia alemana o de los territorios ocupados como Valkiria (2006), Casablanca (1942) o Ser o no ser (1942); hechos concretos o aventuras dentro de la guerra como El puente sobre el río Kwai (1957) Pearl Harbor (2001), Enemigo a las puertas (2001), The Monuments Men (2014), La delgada línea roja (1998) o U-571 (2001). Resultaría casi imposible hacer un perfil medio de las películas sobre la SGM, por lo que se van a analizar directamente las cintas protagonizadas por los soldados que lucharon en combate, obviando otras líneas argumentales más específicas.

Con un reparto de lujo, Malick dirige una epopeya de gran belleza en La delgada línea roja
De entre este tipo de películas, y aunque sea relativamente reciente, Salvar al soldado Ryan (1998) es la película que ha fijado el canon que mejor representa el cine norteamericano sobre la SGM. Salvar al soldado Ryan es una superproducción dirigida por el sólido y hegemónico Spielberg, el Rey Midas del cine de Hollywood que convierte en oro todo lo que filma. Narra una modesta misión dentro de la gran misión de derrotar a los nazis en la Europa occidental tras el desembarco de Normandía. Tras la espectacular escena del desembarco, un grupo de soldados comandados por Tom Hanks deben adentrarse en territorio francés para poner a salvo urgentemente a un soldado llamado Ryan, interpretado por Matt Damon, que desconoce que todos sus hermanos han muerto en el desembarco.

La propia motivación de la aventura acometida por los hombres de Hanks es paradigmática de la actitud con la que EEUU afronta la guerra en general. Rescatar al soldado Ryan es una misión que costará vidas de varios jóvenes pero está sometida a un motivo por el que merece la pena arriesgarse: que una pobre madre americana pueda disfrutar al menos de uno de sus hijos. Una misión con un fuerte deber moral, una misión que EEUU no duda en acometer.

La película está muy bien rodada, con una estética realista. una imagen ligeramente desaturada que da mucho juego y nos mete de lleno en poderosas escenas de combate. Además, y este es un rasgo importante del cine sobre la SGM, lo militar y estratégico tiene gran importancia. Muchas conversaciones abordan la estrategia a seguir para derrotar al enemigo por lo que el espectador se siente muy apegado al conflicto militar, algo que no ocurre en el cine del Vietnam, más centrado en mostrar la idiosincracia política de esa guerra.
América entera se siente orgullosa de los soldados que lucharon en la SGM
Los personajes también están muy bien trazados para el tipo de trama desarrollada ya que podemos encontrar presencia italiana, judía o irlandesa entre los jóvenes protagonistas, lo cual resalta la naturaleza multiétnica y abierta de EEUU. Además, todos ellos son gente sencilla, con historias humildes, pretensiones modestas y conversaciones banales. Algunos de ellos son más valientes, hay algún pusilánime –al que el film humilla como cobarde–, otros más sosegados –los de más edad. En general, es fácil identificarse con ellos y llorar cuando mueren, por lo que la historia se convierte en un homenaje a esa generación tan sacrificada. En la escena final, en la que muere el capitán interpretado por Tom Hanks, éste envía un mensaje al joven Ryan en el que le insta a hacerse merecedor del sacrificio de tanto soldado americano. En un lugar tan inhospito como la SGM, los americanos hacen gala de un gran corazón. Respecto al enemigo alemán, Spielberg los retrata como seres crueles aunque tampoco se les presta excesiva atención.

Tampoco se cuestiona la guerra ni la intervención, aunque sí haya espacio para lamentar la naturaleza destructiva del conflicto, que obliga a unos honorables americanos a sacrificar sus vidas de obreros o profesores para morir en Europa. Este mensaje acrítico con la guerra es común en las películas que analizamos en la sección. "Vayamos a la guerra, derrotemos a los malvados fascistas y regresemos a América con todo el orgullo del trabajo bien hecho", parece ser el mensaje básico de tantas películas, incluida  Salvar al soldado Ryan.

Una foto para la Historia, o quizás algo más en Banderas de nuestros padres, de Eastwood

Un autor tan americano como Clint Eastwood realizó dos films sobre el tema en el apogeo de su carrera hace diez años. Tras  triunfar con American dollar baby (2004), Eastwood encaró un proyecto muy ambicioso: el díptico sobre la batalla de Iwo Jima compuesto por Banderas de nuestros padres y Cartas de Iwo Jima (2005), muy bien rodadas ambas aunque con perspectivas muy diferentes. Banderas de nuestros padres indaga en la intrahistoria de los soldados protagonistas de la histórica foto en la que se les ve levantando la bandera estadounidense en la famosa batalla.

El film es muy irregular ya que el montaje tiene repercusiones negativas en la narración de la historia, aunque posee momentos de gran belleza poética, como son los minutos finales, muy del estilo Eastwood, quien se apoya en una melancólica melodía para revelarnos los destinos de los protagonistas. La gran aportación del film, que en general obvia lo que fue la batalla para centrarse en la psicología de los soldados, es el homenaje a los que lucharon en la SGM. El propio título simboliza la veneración a la generación que combatió en la más cruenta guerra y regresó a EEUU, que se convirtió en primera potencia y disfrutó en aquel tiempo de una edad dorada de prestigio mundial. Aunque la película no cuestiona en absoluto la guerra, sí que deja cierta sensación de amargura al recordarnos el trágico destino de tantos jóvenes.

La soldadesca nipona es retratada con respeto y gran interés humano en Cartas de Iwo Jima
Sin embargo, Banderas de nuestros padres es una obra menor en comparación con Cartas de Iwo Jima, que tiene la valentía de encarar la batalla desde el punto de vista japonés, una muestra de la ambición de Eastwood. Usando como fuentes históricas la correspondencia de los soldados japoneses que defendieron la isla  de Iwo Jima, la trama compone un bonito mural que revela que no todos los japonenes eran unos kamikazes suicidas o unos blandos asiáticos, sino un grupo humano que encara la muerte de diferente manera.

La historia se centra en unos pocos personajes, a los que humaniza y retrata como dignos adversarios. La trama pone especial énfasis en el general Kuribayashi, un militar serio, solemne y honorable que vivió durante unos años en EEUU, lo que le hace vivir la batalla de manera especial. Esa veneración al honor tan característico de los japoneses está muy presente, especialmente en la escena de los harakiri que lleva a cabo un grupo de soldados al grito de "Banshai". Uno de ellos, el joven Saigo opta por escabullirse de semejante compromiso pues se ha jurado que saldrá vivo de esa isla para volver a ver a su esposa embarazada. En líneas generales, Cartas de Iwo Jima es un película más entretenida que su hermana estadounidense, mejor narrada y que aporta algo nuevo al cine. Por una vez, no vemos a los norteamericanos más que al fondo del plano, casi como si fueran el enemigo.

La visión salvaje y cruel de la SGM de Tarantino nos sacude la conciencia en Malditos bastardos, ¿o no?
Hay también un rasgo interesante de analizar sobre el cine de la SGM relacionado con la superioridad moral con la que afronta EEUU el conflicto, una guerra en la que prácticamente no hay cargo de conciencia por las acciones que se llevan a cabo, pues hay que derrotar al enemigo fascista a cualquier precio. Malditos bastardos (2009) es una rara avis en la sección pues no se desarrolla en el frente sino en el interior de los territorios ocupados por los nazis. La conocida ucronía de Quentin Tarantino narra las peripecias de un grupo de hombres que combaten con gran eficacia y crueldad a los nazis.

Básicamente, la película contiene un mensaje antifascista que justifica toda la crueldad ejercida contra un enemigo de la naturaleza de los nazis, algo similar a lo que Tarantino hace en Django (2012) con los propietarios de esclavos. Malditos bastardos se encarga de recordarnos lo despiadados y despreciables que eran los nazis, sin reconocer en ellos rasgos respetables. El personaje de Hans Landa, El cazajudíos, representa mejor que nadie ese papel, mientras que los bastardos de Aldo Reiner –Brad Pitt– y la joven judía Shosanna son los justicieros a los que no les tiembla el pulso al matar a cientos de nazis.

En un tiempo en el que impera ese tópico de que la violencia deslegitima las ideas de quienes la practican, de que ninguna bala jamás disparada ha estado justificada, es interesante sentir la sacudida a la que nos somete Tarantino al homenajear a los miembros de la Resistencia. El hecho de que sean tan crueles y sangrientos en sus acciones refuerza aún más esta idea. Incluso el final del film, en el que Brad Pitt, cuchillo en mano, le graba al Cazajudíos una esvática en la frente para que nadie olvide que es un nazi, es verdaderamente inspirador. Uno no puede dejar de pensar en la cantidad de aguiluchos o yugos y flechas que podrían estar cicatrizados en España si los maquis hubieran tenido más éxito..

Patton, la película que Nixon veía borracho una y otra vez antes de invadir Camboya
Por último, hay que reseñar la película Patton (1970), que narra las campañas que el general americano –interpretado por un gran George C. Scott– lideró desde el norte de África hasta Berlín. Esta superproducción fue rodada en España y arrasó en los Oscars de 1970, incluido el que obtuvo el español Gil Parrondo en dirección artística. Evidentemente, al ser un biopic sobre un general, los elementos estratégicos y militares tienen una importancia enorme. Gran parte del film se desarrolla entre mapas de guerra y discusiones sobre los movimientos que los ejércitos deben llevar a cabo, además de las patentes rivalidades de Patton y otros altos mandos del momento ya sean de su bando –Bradley o Montgomery– o del rival –el alemán Romel.

El retrato de Patton, un personaje tan controvertido como fascinante, evoca diferentes interpretaciones. Por una parte, el guión de Francis Ford Coppola revela la figura de un héroe romántico que solo alcanza su máxima plenitud en la guerra, un hombre que creía haber luchado en grandes batallas históricas gracias a la reencarnación. El famoso discurso inicial resume bien a este rudo personaje y al film, que fascinó al presidente Nixon cuando EEUU planeaba la invasión de Camboya.

Sin embargo, el otro enfoque –reforzado por la época en la que se estrenó con Vietnam de telón de fondo– nos descubre a una personalidad casi psicópata, ultra religiosa, adicta a la guerra, con un sentido del honor rancio y capaz de sacrificar hombres para llevarse la gloria. Como dicen dos soldados rasos en mitad del film refiriéndose a este dilema: "Nuestra sangre, sus tripas". Patton apenas visibiliza el sufrimiento que la guerra provoca en los soldados sacrificados y se centra demasiado en la gloria militar anhelada por Patton, algo que América puede tolerar, pues la SGM fue una contienda victoriosa y de la que se sienten profundamente orgullosos. De haber desarrollado su carrera en Vietnam, puede que nunca se hubiera filmado una película sobre Patton. 

Vietnam: el conflicto que traumatizó a la nación estadounidense

Elias y Barnes encarnan el choque entre las dos almas de EEUU en Platoon
" - ¿Por qué solo envían a los pobres a la guerra y no a los ricos? [...]
- Tú tienes que ser rico para poder pensar así. Todo el mundo sabe que los ricos siempre han jodido a los pobres, siempre ha sido así y siempre lo será "
Diálogo de Platoon (1986)
 "Entrenamos a jóvenes para disparar sobre la gente, pero sus comandantes no dejan que los muchachos escriban 'joder' en sus aviones... ¡porque es una obscenidad!".
Coronel Kurtz en Apocalypse Now (1979)
Para analizar cómo ha contado el cine norteamericano la guerra de Vietnam es necesario saber de qué manera y hasta qué punto afectó este conflicto al establishment de EEUU. Para ello, tomaré la descripción que hizo el historiador Howard Zinn del estado de su país en el apogeo de la guerra del Vietnam:
A principios de los setenta el sistema parecía estar fuera de control, no era capaz de mantener el apoyo de la gente. En 1970, según el Centro de Investigación y Encuestas de la Universidad de Michigan, la "confianza en el gobierno" era escasa en todos los segmentos de la población, aunque había diferencias significativas según de qué clases sociales se tratara. Mientras que el 40% de los profesionales tenía "poca" confianza política en el gobierno, entre los obreros no cualificados la cifra de personas que tenía "poca" confianza era del 66%.
Aunque no fuera la única causa del peligroso descrédito que aquejaba al sistema de poder, es evidente que la guerra de Vietnam y el movimiento contra ella fueron su principal talón de Aquiles, el eje sobre el que se articularon una amalgama de movimientos y corrientes que aspiraban a construir un país más decente. Y en cierto modo, lo lograron. En parte, la mayoría de las películas que se van a comentar ahora son muestra de esa voluntad tranformadora que sacudió EEUU y otras partes del mundo entre finales de los 60 y los 70. Son el legado de una generación de cineastas que afrontaron con valentía la época que les tocó vivir y, aunque cometieron muchos de los pecados típicos de quienes no se ponen techo, nos dejaron un puñado de obras maestras sobre el Vietnam de elevado tono crítico.

Oliver Stone, uno de los directores más audaces ideológicamente de EEUU, merece por su trayectoria ser el primer cineasta a analizar en esta sección ya que ha realizado hasta tres películas relacionadas con la guerra de Vietnam. No por casualidad Stone, hijo de un agente de bolsa en Wall Street, fue herido y condecorado en la guerra, experiencia que le marcó muy profundamente ya que viró su ideología conservadora a una marcadamente progresista, tal y como puede comprobarse en su obra cinematográfica, donde se encuentran Comandante (2003), sobre Fidel Castro; Al sur de la frontera (2009), sobre Chávez; Wall Street (1987); o biopics sobre Nixon y George W. Bush.

Sin embargo, de Stone hay que destacar por encima de todas sus obras Platoon (1986), que podría considerarse la película que de manera más acertada y equilibrada ha explicado cómo fue in situ la guerra de Vietnam, a la vez que consigue reflexionar sobre sus causas, evidentemente enraizadas en el seno de la sociedad estadounidense. Por ésto, y por otras razones que ahora se desgranarán, la considero el canon del cine del Vietnam al desarrollar una historia sencilla en el propio terreno de batalla.

Para empezar, Stone se atreve a reconocer el sufrimiento del pueblo vietnamita en la emotiva escena en la que los protagonistas se preparan para acometer una masacre gratuita en una pequeña aldea agraria. La secuencia, que recuerda a la conciencia norteamericana la vergonzosa matanza de My Lai, concluye con la quema de la aldea tras la discusión de Elias (Willem Dafoe) y Barnes (Tom Berenger) –ambos excelentes, por cierto–. Este es un enfrentamiento con un altísimo componente simbólico si se conoce la sociología ideológica del EEUU, además del propio momento histórico que vivía el país en su interior.

El personaje de Dafoe representa a la América liberal-progresista, cercana al movimiento por los derechos civiles y cuyo punto álgido fue el idealizado proyecto de gobierno de Kennedy. Elias es un militar contrastado, sensible, que coquetea con las drogas, capaz de admirar el país que invade y que muestra un fuerte desengaño con la propia guerra, tal y como explica en una conversación con Taylor, el protagonista interpretado por Charlie Sheen.

La América progresista que muere en Elias renacerá en Taylor (Charlie Sheen)

Por el contrario, el personaje de Berenger representa al EEUU militarista-conservador, con pocos escrúpulos a la hora de ganar la guerra y bastante autoritario. El enfrentamiento entre ambos personajes secundarios simboliza el choque entre ambas concepciones de EEUU que se dio en la época y que todavía persiste en la actualidad*. El resultado del duelo político acaba con Elias traicionado  y asesinado por Barnes. Es una América matando a la otra. Las cicatrices que marcan la cara de Barnes no son casualidad. Es la América que se niega a retirarse, imposible de matar, la que destroza a su paso países y generaciones. Tendrá que ser el joven Taylor quien haga renacer a la América progresista acabando con Barnes.

El tema generacional, tan típico del conflicto, está muy presente en Platoon gracias a un casi debutante Charlie Sheen y otros personajes secundarios que comparten la edad del protagonista. Entre ellos podemos distinguir a un grupo de afroamericanos que flirtean con la filosofía rebelde del black power; a un jovencísimo Johnny Depp, que interpreta a un traductor; o a exaltados de la cuerda de Barnes como Kevin Dillon. Este aspecto junto a la estética realista que embadurna el film añade credibilidad a Platoon convirtiéndola en un clásico.

La vida sigue después de la guerra de Vietnam en Nacido el 4 de julio
Apenas un par de años después, Stone aborda el tema de los veteranos del Vietnam en su biopic sobre Ron Kovic Nacido el 4 de julio (1988). Ron Kovic, interpretado por Tom Cruise, fue uno de los muchos jóvenes americanos que marcharon orgullosos al sudeste asiático creyendo que combatían por la libertad y volvieron mutilados física –en su caso se quedó sin piernas– y mentalmente. Desde su vuelta de la guerra, Kovic pasará por distintas fases  hasta acabar siendo el activista antibelicista que sigue siendo todavía hoy.

Antes de aclarar sus sentimientos para con su país, Kovic gasta su salud con el alcohol y conoce a otros veteranos como Charlie (Willem Dafoe), un personaje arruinado mentalmente que muestra el camino de degradación al que se vieron sometidos muchos veteranos del Vietnam, olvidados por un país que les quitó los mejores años de sus vidas. La escena en la que Kovic llega una noche borracho a casa de sus padres es tan reveladora como emotiva. En ella, el veterano habla con la sinceridad etílica que rompe con lo políticamente correcto; menciona la tragedia de su generación, que es la suya; alude a la represión reaccionaria del sistema contra Kennedy, Luther King y la masacre contra los estudiantes de Kent State. El choque entre el descreído Kovic y sus padres conservadores de clase media saca las lágrimas a cualquiera.

El final del film, con Kovic liderando un boicot contra el odioso partido republicano de Nixon junto a otros veteranos pacifistas, es otro gran momento de Nacido el 4 de julio, que se convierte en el alegato pacifista por excelencia del cine de Vietnam. El film nos permite escuchar algo tan extraño como un americano admirando el valor del pueblo vietnamita mientras es reprimido y despreciado por la mayoría silenciosa de Nixon. 

Además de las dos cintas analizadas, Stone completó su tríptico vietnamita con El cielo y la tierra (1993), con Tommy Lee Jones, que profundiza en la huella humana que el conflicto dejó en estadounidenses y vietnamitas. Además, en los últimos años se ha deslizado la posibilidad de contar la historia de la masacre de My Lay en una película llamada Pinkville, pero el proyecto parece estancado.

El desvarío mental de Kurtz representa la crisis ética de EEUU en Apocalypse Now
"Mi película no trata sobre Vietnam. Mi película es Vietnam". La frase de Francis Ford Coppola acerca de su obra Apocalypse Now (1979) pasó a la Historia del cine desde el mismo momento en que la pronunció tras ser galardonado en Cannes. La cita, que revela el carácter egocéntrico y megalómano del director, parecía querer apropiarse del relato más original sobre la guerra de Vietnam en un momento en el que El cazador, de Michael Cimino, acaparaba toda la atención mediática al ser la primera gran película estrenada sobre la guerra.

Pero Apocalypse Now no es una película solamente sobre Vietnam, sino que nace del proyecto de Coppola de llevar al cine la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas, por lo que es necesario recordar que las intenciones del director eran más profundas que narrar un episodio del conflicto que había devastado moralmente su país. Además, y puede que la frase arriba citada tenga algo que ver con ésto, el proceso de producción y post-producción de la mítica cinta fue uno de los más caóticos y desastrosos que se recuerda. Fue un proceso que casi acabó con la carrera y la creatividad del director que había asombrado al mundo con la saga de El padrino (1971 y 1974).

Así, a principios de 1976, en la cumbre de su éxito, Coppola inició el rodaje del film. Desde entonces hasta el día de su estreno, tres años después, el proyecto atravesó todo tipo de dificultades: tuvo que cambiar de protagonista después de la deserción  de Harvey Keitel, sustituido por Martin Sheen; el propio Sheen sufrió un infarto provocado por el enorme estrés de un rodaje que no avanzaba; la temporada de lluvia del país donde se rodaba –Filipinas– obligó a suspender el rodaje durante meses; Marlon Brando, que protagonizaba el pequeño pero estelar papel de Kurtz, se presentó ante Coppola sin haberse preparado en absoluto su personaje ni la historia; a su vez Coppola empezó a sufrir de manía depresiva, estado que se alargaría durante el larguísimo proceso de post-producción y que hizo peligrar su salud mental. De hecho, en cierta manera, Coppola cambió para siempre tras aquella película. El resultado fue una obra genial aunque irregular que triplicó el presupuesto inicial para ruina de su promotor.

El film es una adaptación libre del relato de Conrad, en el que Willard, interpretado por Sheen, ha de adentrarse en la profunda selva de Camboya para acabar con un coronel norteamericano llamado Kurtz, que ha desertado del ejército para crear su propia fortaleza junto a sus siervos nativos, que le adoran como a un Dios. En el tránsito de la historia, Coppola tiene tiempo de dejarnos varias escenas memorables que simbolizan el horror de guerra y la violencia extrema que EEUU promovió contra el pueblo vietnamita, como la del bombardeo a una aldea costera, que arde con napalm mientras suena Wagner y los marines surfean para regocijo del general Kilgore (Robert Duvall); o la escena inicial que muestra una selva ardiendo mientras suena el The end de The Doors.

Sin embargo, la película prosigue la tradición orientalista de Conrad al mostrar a los asiáticos como un pueblo casi sin personalidad, que apenas existe si no es para morir o adorar a un estadounidense ido de olla como Kurtz. Y es que Apocalypse Now es una obra tremendamente personal e irreal, por lo que no se la puede analizar de la misma manera que a Platoon, o incluso La chaqueta metálica. Por ello, y sobre todo en el último tercio, hay que tomar la obra de Coppola como un viaje hacia el corazón de la América sacudida por el Vietnam y su época. A medida que Willard se adentra en el corazón de la jungla, va perdiendo la razón de manera similar a como lo hizo Kurtz. De manera similar a como América acabó sumida en un devastador caos interno según la guerra avanzaba y se cobraba la vida de sus jóvenes.

Quizá por presentar un conflicto tan complejo, Apocalypse Now sufre un bajón de intensidad en el tramo final, al no saber qué hacer con el personaje de Kurtz, en el que se entrelazaban muchos de los elementos simbólicos tanto políticos como personales del film y del propio Coppola.

Kubrick trata el poder del militarismo yankee sobre la juventud en La chaqueta metálica
Stanley Kubrick se ha caracterizado siempre como director por ser capaz de afrontar proyectos muy diferentes saliendo airoso de casi todos ellos. La chaqueta metálica (1987) fue estrenada tras el gran éxito de Platoon y poco antes de Good morning, Vietnam (1987), otro película taquillera, por lo que pasó de manera más discreta en su momento, aunque el tiempo la ha favorecido convirtiéndola en una obra original por su crudeza y su visible mensaje antimilitarista, además del clásico estilo técnicamente depurado del cine de Kubrick.

La chaqueta metálica narra la historia de Bufón, interpretado por Mathew Modine, que es reclutado por el cuerpo de marines durante la guerra del Vietnam en 1967. Así, vemos el proceso durante el cual un grupo de jóvenes será endurecido por la férrea disciplina militar hasta llegar a convertirse en máquinas de matar carentes de sentimientos. Desde la preciosa escena inicial, en la que se les afeitan las cabezas a los todavía inocentes reclutas, hasta llegar a Vietnam, la película deja un buen puñado de escenas míticas protagonizadas por el sargento Hartman, encargado de instruir y endurecer hasta la locura a los reclutas, que acaban encontrando un chivo expiatorio en el obeso recluta Patoso.

Esta primera mitad del film, que acaba con el asesinato de Hartman y el suicidio del recluta Patoso, es tremendamente audaz y brillante. Básicamente, Kubrick encuentra un verdadero filón cinematográfico en contar con esmero el proceso de entrenamiento y adoctrinamiento militarista, que provoca en el espectador un rechazo visceral al ejército como institución y nos prepara para afrontar la segunda mitad. Ésta se desarrolla ya en Vietnam y mantiene el protagonismo de Bufón, quien lleva en su casco una chapa pacifista a la vez que un eslogan que pasará a la historia: Nacido para matar.

En Vietnam, vemos a una juventud animal casi inconsciente de dónde está ni qué hace ahí. Una generación sacrificada en aras de una guerra absurda que les enfrenta contra un pueblo pobre pero orgulloso, al que podrán asesinar pero no dominar. La escena final simboliza esta idea cuando vemos al grupo de marines protagonista asediados por un francotirador escondido en un edificio y que amenaza con liquidarlos a todos. Tras caer varios de ellos, los marines consiguen entrar en el nido de águila y acabar con el temible tirador vietnamita, que resulta ser una aparentemente débil y joven nativa.

Una pobre chica había puesto en jaque al ejército más poderoso del mundo defendiendo su tierra y su honor. Tras ser abatida, una extraña sensación recorre al grupo de marines, y que afecta especialmente a Bufón. El final muestra a esos jóvenes caminando en la noche entre ruinas mientras cantan una inocente canción de Micky Mouse. Es EEUU que, en su huida hacia adelante, ignora los daños colaterales que su guerra provoca en estadounidenses y vietnamitas.

La visibilización y humanización del amigo/enemigo vietnamita en Good morning, Vietnam
Los años 80, además de dar a la luz la saga de Rambo –que perfectamente podría merecer un artículo en esta sección–, dieron varias grandes películas sobre el Vietnam. La tercera que analizaremos de esa época es la pacifista Good morning, Vietnam (1987), que narra la experiencia de un divertido locutor de radio que alegra las mañanas a las tropas que ocupan gran parte del territorio vietnamita. El protagonista está interpretado por un actor de gran éxito en papeles cómicos como Robin Williams, que es el alma del film aunque su estilo humorístico –basado en gran parte en su capacidad para poner voces y la berborrea– puede resultar cansino para el espectador no estadounidense. 

A pesar de ello, el protagonista cae bien enseguida cuando escuchamos sus sutiles comentarios antibelicistas, cuya mordacidad no es bien recibida por parte de los mandos medios, que acostumbran a censurarlo. Pero la aportación más interesante de Good morning, Vietnam es cómo cuenta la relación entre invasor y el pueblo invadido, un mensaje muy humano que deja las emotivas escenas en las que Robin Williams comparte amistad con un joven vietnamita, que acabará revelándose como colaborador del Vietcong.

Al identificar a un enemigo como un amigo, la película humaniza al pueblo vietnamita, le da voz para explicar sus razones para resistir la violencia estadounidense y crea un dilema fuerte en los personajes y los espectadores, que se ven obligados a aceptar que la amistad entre dos personas no puede ignorar un contexto tan cruento como fue la guerra del Vietnam.

Ho Chi Minh destruye a los jóvenes norteamericanos en El cazador
El cazador (1978) es una película un tanto ambivalente para el espectador actual que se haya familiarizado con Vietnam mediante las películas arriba comentadas. La película, dirigida de manera exquisita por esa estrella fugaz que fue Michael Cimino, cuenta el terrible impacto que la guerra de Vietnam tiene sobre un grupo de jóvenes amigos de clase obrera que marchan a combatir. Los protagonistas, interpretados por Robert de Niro y Christopher Walken, acuden y luchan juntos durante la guerra, en la que quedarán marcados por el juego de la ruleta rusa que practican obligados tras ser apresados por un grupo de crueles vietnamitas.

Tras conseguir salir de esa terrible situación, cada uno seguirá caminos diferentes. Mientras De Niro regresa a su localidad industrial en el Rust Belt de EEUU, Walken quedará atrapado en Saigon fuertemente traumatizado por la experiencia de la guerra, lo que le llevará a convertirse en un temerario jugador de la ruleta rusa en los bajos fondos de la capital vietnamita. Al final de la película, los dos amigos se volverán a ver en una última partida de ruleta rusa, durante la cual De Niro trata de convencer a su casi irreconocible amigo para dejar esa vida. Sin embargo, el final acaba en tragedia con el suicidio/muerte de Walken.

El cazador hay que verla más como una película sobre la amistad y el destino que como una radiografía de la guerra del Vietnam o la política exterior estadounidense. Sin embargo, el marco de la historia es el que es, y analizarlo es indispensable. Para empezar, llama la atención la especial dureza y crueldad con la que Cimino retrata a los vietnamitas. Ya sean en las junglas del frente o en las cloacas de Saigon , los personajes nativos –bien acompañados de un póster de Ho Chi Minh– disfrutan con el dolor ajeno con especial efusividad. En vez de acusar al absurdo de la intervención militar de Washington, Cimino prefiere culpar del trágico destino de los jóvenes nortemaericanos a los vietnamitas, convertidos en auténticas bestias sin sentimientos. Además, en la escena final aparece la cuadrilla de amigos cantando juntos el Dios bendiga a América, una señal difícil de interpretar si no es como una cruda ironía.

A pesar del inhumano retrato de los vietnamitas, el espectador informado y consciente podría –y muchos cinéfilos lo hacen– interpretar la obra de Cimino como una reflexión pacifista que critica la capacidad para destruir vidas y amistades de la guerra. Sin embargo, la primera película sobre el Vietnam fue fuertemente criticada por la izquierda en su momento. La propia Jane Fonda, actriz y activista contra la guerra, la tildó de racista y pro-Pentágono. Por no hablar del piquete que veteranos de la guerra montaron contra la pobreza historiográfica de la obra en la gala de los Oscars de 1979, que coronó a El cazador como el triunfador absoluto. Sin embargo, si Fonda consideró la obra de Cimino pro-Pentágono, ¿qué podría decir del cine sobre Irak que se ha hecho últimamente?

La banalización de la guerra y del movimiento anti-Vietnam en Forrest Gump.
Añadiré un breve comentario sobre una película que no trata solamente sobre la guerra de Vietnam sino que hace una crónica de la historia entre mediados los 50 y principios de los 80, por lo que la presencia del conflicto es ineludible. Es la simpática y super exitosa Forrest Gump (1994), una cinta para toda la familia y que provoca tantas risas como lágrimas. Es un caso diferente a El cazador. Si a Cimino se le puede reprochar su enpecinamiento en contar una historia tan poco reveladora de la guerra, a Robert Zemeckis se le debe retratar como el derechista acérrimo que es.

Donante en las campañas ochenteras de Reagan, Zemeckis hace pasar al personaje de Forrest Gump de puntillas por una guerra que no tiene explicación alguna, como si los estadounidenses estuvieran destinados a pelear en guerras en continentes diferentes sin motivo aparente. "Ya que no puedo legitimar una guerra que ha causado tanto revuelo y dolor a mi país, al menos puedo ridiculizar y criminalizar al movimiento pacifista e izquierdista", parece pensar Zemeckis. La escena de la fiesta de los Panteras Negras, en la que vemos a un grupo de activistas contra la guerra e izquierdistas rodeados de carteles con caras de guerrilleros, es la marca registrada de Zemeckis. Y claro, en la escena vemos a un líder del movimiento contra la guerra pegar a la protagonista femenina, la encantadora Jenny, cuya alternativa y bohemia vida le hará morir de SIDA al final del film.

En definitiva, la fecha de Forrest Gump, mediados los 90, es importante. El final de la Guerra Fría abre el camino para un dominio unilateral del mundo por parte de EEUU, por lo que no pasa nada por banalizar la guerra que inspiró películas tan crudas como las arriba descritas, amén de echar mierda sobre la América progresista que anheló cambiar su país en los 60 y 70. Buen trabajo el de Zemeckis, que cuenta en dos horas y media una versión edulcorada de la Historia de su país para regocijo del revisionismo patrio, que hace tiempo que se olvidó de Vietnam para centrarse en la estrategia de guerra contra el terrorismo y sus subproductos como la guerra de Irak. Pero eso ya es otra historia.

* Nota: para entender mejor esta dualidad recomiendo leer el libro de George Lakoff, No pienses en un elefante.

Irak: apología militarista al servicio del Pentágono

La guerra de Irak como un videojuego justiciero en American sniper, de Clint Eastwood
" - Papá ... tienes que sacarme de aquí.
-Venga, serán los nervios.
- Ha pasado algo, papá... (entre lloros y sollozos).
- Por el amor de Dios... (siguen los lloros del hijo) ¿Hay alguien contigo?
- No, estoy solo.
- Mejor... Mantente a salvo y cuídate."
          Un joven a su padre tras su primer día en Irak en En el valle de Elah (2007)

"- Ese niño podía haber matado a diez putos marines, ¿no?
  - Sí, pero lo he matado.
- Has hecho tu trabajo. Fin de la historia”
 American Sniper (2014)
Tras el fin de la Historia explicado por Fukuyama con el hundimiento de la URSS, EEUU pasó a liderar solitariamente el mundo. Las intervenciones militares iniciadas en el marco de la guerra contra el terrorismo –especialmente la de Irak– son la constatación de que EEUU se ha adjudicado el papel de policía del mundo. Con tal fin, la industria de la guerra norteamericana ha trabajado para no cometer los errores que la condenaron moralmente en Vietnam, construyendo un relato ad hoc en medios de comunicación y el propio cine. Había que evitar un movimiento contra la guerra similar al que se produjo a finales de los 60 y que tanto perturbó a la sociedad y política del país.

No se puede negar que la tarea ha sido llevada a cabo con éxito notable, pues la Guerra de Irak mantuvo grandes apoyos en la sociedad estadounidense durante los primeros años y su descenso de popularidad posterior no afectó al establishment del sistema. Incluso se puede apreciar –en el contexto de la guerra contra el terrorismo que ahora resurge– una mejora en la percepción de los esfuerzos bélicos que EEUU acometió en el mundo islámico. Parte de esa mejora está avalada sobre todo por los medios pero también por ciertas películas que ensalzan la actitud americana en una guerra tan lamentable como fue Irak, y cuyo soporte ideológico ha estado siempre impregnado de  tintes de islamofobia y arabofobia, otro rasgo particular de la industria cinematográfica, sobre todo en los últimos 30 años.

El pueblo árabe es retratado con respeto en Tres reyes, rodada antes del 11-S
Antes de hablar del conflicto del 2003, resulta interesante mencionar un par de películas sobre la guerra del Golfo de 1991, el primer conflicto post-Guerra fría. Una de ellas es Tres reyes (1999), protagonizada por George Clooney, Mark Wahlberg y Ice Cube. El film narra la aventura de tres soldados americanos que intentan llevar a cabo un gran robo de oro durante los estertores del conflicto, que sumerge Irak en un caos palpable a lo largo de todo la cinta.

La historia está muy bien contada y es entretenida, pero lo que la hace especial es el trato que se le da a la población árabe, mucho más humano que en cualquier otra película de las que analizaremos. Básicamente, se atreve a explicar algunas de las complejidades de la población nativa, en la que existen iraquíes disidentes de Sadam Hussein. así como otros que son leales al dictador. Hay que tener en cuenta el año en que se realizó Tres reyes ya que en 1999 el racismo antiárabe parecía relajado, sobre todo en comparación a lo que ocurriría tras el 11-S de 2001.

La guerra del Golfo no ha tenido lugar para los jóvenes protagonistas de Jarhead, un film de notable belleza visual.
Otra película que narra la primera de las guerras del Golfo es Jarhead (2005), dirigida por Sam Mendes, de quien siempre se espera mucho cinematográficamente. La película resulta un tanto insípida durante los dos primeros tercios de metraje, en los que se resalta el uso que EEUU da a  los jóvenes que han sido duramente entrenados para gastar sus días en un desierto a la espera de combatir mientras pierden la cordura pensando en sus novias infieles y su incierto futuro fuera del ejército.

Sin embargo, el tramo final de Jarhead contiene varias escenas sobresalientes, como la que muestra la quema de los pozos de petróleo que tanto impactó al mundo en su momento. La espectacularidad visual del fragmento contrasta con el estado emocional de los personajes, en su mayoría jóvenes que ansiaban emprender el combate para esquivar la paranoia que genera la espera en el desierto, un elemento esencial del film.

El personaje principal, interpretado por Jake Gyllenhaal, es un francotirador a la espera de su momento de gloria en un nido de aguila. Sin embargo, cuando se dispone a apretar el gatillo y matar a su primera víctima, un superior cambia la orden. No habrá francotiradores, sino un ataque aéreo que devaste la fortaleza rival. Y es que la del Golfo fue una guerra relámpago en la que la infantería apenas intervino, tal y como atestiguan los protagonistas de Jarhead, que disparan al aire para comprobar que sus rifles llevan balas al ritmo de Public Enemy al término de la contienda. Al volver de Oriente Medio, los soldados son paseados en un bus como héroes por las calles estadounidenses. De repente, irrumpe en el bus un hombre harapiento del que se deduce es un veterano de Vietnam. El hombre les agradece a los jóvenes su labor entre miradas pasivas. El homenaje que los soldados de Irak no creen merecerse es el que el veterano de Vietnam nunca recibió.

Una agradable conversación en el desierto a la espera de atacar Irak, en Jarhead
El simbolismo de las escenas finales es muy potente y acaba convirtiendo al film en un alegato pacifista que cuestiona la tradición estadounidense de enviar generaciones a guerras en lugares tan extraños como las selvas del Vietnam o los desiertos de Irak. A pesar de ser una superproducción notable, Jarhead fue ignorada por los Oscars y no creó mucha escuela antibelicista. Mientras eso ocurría, iban a empezar a surgir una serie de películas que parecían escritas desde el Pentágono. Algunas de ellas, versaban sobre la segunda guerra del Golfo.

La política exterior americana devasta la inocencia de la juventud en En el valle de Elah
Aunque todavía iba a hacerse una obra demoledora contra la guerra de Irak, y en general contra todas las guerras. En el valle de Elah (2008), dirigida por Paul Haggis al frente de un reparto de lujo, narra la historia de un padre –un veterano de Vietnam con un fuerte sentido patriótico interpretado por un sensacional Tommy Lee Jones– que trata de encontrar las razones de la desaparición y posterior muerte de su hijo, quien acaba de volver de Irak.

Esa búsqueda servirá al padre para conocer mejor a los jóvenes que han entregado su sacrificio en un conflicto absurdo que acaba por deshumanizarles convirtiéndolos en bestias. El bíblico enfrentamiento entre David y Goliat sirve como metáfora de la relación entre el padre –que encarna el espíritu militarista estadounidense– y su hijo –un joven más de los que han entregado su vida a la guerra. Ya al final del film la conversión pacifista del padre se hará evidente mediante varias escenas de una potencia emotiva difícil de igualar, como en la que recuerda la conversación telefónica que mantuvo con su hijo recién llegado éste a Irak y que está reproducida al inicio de este apartado. O el contraste que producen las dos escenas de la bandera. La película, que apenas contiene unos segundos ambientados en Irak, destila una sencillez técnica que hace aflorar la emotividad que la historia contiene.

Para cuando se estrenó la antibelicista En el valle de Elah, la Guerra de Irak se había convertido en un enfrentamiento entre un prepotente ejército estadounidense y una insurgencia iraquí surgida de un Estado en proceso de desintegración y organizada en una amalgama de grupos que practicaban la guerrilla urbana en los grandes núcleos de población del país. Algunos de esos grupos serían el germen del Daesh y otras organizaciones islamistas. Sobre esta fase del conflicto se han producido dos films que es indispensable analizar.

La guerra la hacen los profesionales en En tierra hostil, de Bigelow
En tierra hostil (2009), que se estrenó en 2010 con un baño de buenas críticas y Oscars, fija un nuevo canon de cine sobre la guerra de Irak, íntimamente relacionado con la guerra contra el terrorismo –mucho mejor vista en la opinión pública mundial. De ahí han nacido films como American sniper, o La noche más oscura, que no tienen problemas en justificar el asesinato extrajudicial, la tortura o la guerra que practica su gobierno en medio mundo.

Este cine, además de ser muy arabófobo, tiene otros dos rasgos muy específicos en comparación con otras guerras. En estas películas se aprecia una gran profesionalización de los protagonistas. Si en la SGM y Vietnam los personajes principales suelen ser jóvenes humildes y trabajadores, en En tierra hostil y American sniper (2014) son profesionales de la guerra que no saben hacer otra cosa, gente enganchada a la adrenalina del frente, ya sea desactivando bombas o siendo francotirador. De hecho, el final de ambas películas insiste en recordarnos esto: nuestros protagonistas son héroes, y como tal tienen unos problemas personales y familiares que el cine no puede obviar. Se da así un culto al ejército norteamericano, que adquiere un aire casi mesiánico en su objetivo de librar al mundo de los terroristas, con todos los sacrificios que ello conlleva, como tener un matrimonio en constante crisis tal y como les ocurre a los protagonistas.

Debido a esa profesionalización de los personajes, el guión, y por ende las conversaciones, rayan lo ridículo. Mientras en Platoon vemos a jóvenes negros coquetear con el black power o mandos como Elias admirando el país ocupado, en En tierra hostil o American sniper vemos a hombres hipermasculinizados hablando de matar árabes eficazmente o de lo loco –y lo dicen casi con admiración– que está el desactivador de bombas de turno, que parece nacido para ello.

La deshumanización del enemigo, y en general de todos los árabes, es una constante, lo cual muestra perfectamente cómo EEUU afrontó esa guerra en relación a la población a la que ocupaban. Concretamente en American sniper, en el que Clint Eastwood nos recuerda lo muy republicano que es, hay una escena que abrió mis esperanzas de ver algo diferente. En ella, un grupo de soldados de élite se refugia en una casa de un árabe a la espera de capturar a un terrorista. El árabe, forzado a tener a esos hombres armados hasta los dientes en su casa, les invita a cenar. Lo que podría ser una escena bonita se convierte en una pesadilla cuando el intrépido protagonista se huele algo, da una vuelta por la modesta casa y encuentra un arsenal de armas de la insurgencia. "¡Malditos árabes, todos pensando en matarnos sin razón aparente!", parece querer decirnos el director de obras maestras como Bird (1988) o Mystic river (2003). Normal que en estas películas las vidas de los árabes valgan tan poco.


"Cariño, ya sabes que os quiero pero tengo que quedarme aquí matando terroristas. Besos"
Lo planos que son los personajes se confirman cuando compruebas que no hay ninguno que muestre cierto rechazo a la contienda. Aunque el hecho de que sean profesionales justifica este aspecto, en American sniper se aprecia un detalle significativo. Y es que Eastwood amaga con incluir a un personaje que parece reprobar la guerra por un momento. Sin embargo, a los pocos minutos rectifica y vuelve al corral. Al fin y al cabo, solo están haciendo su trabajo.

También se observa un desprecio hacia el territorio conquistado, un país desértico, pobre, subdesarrollado y hostil al progreso, algo muy distinto al cine sobre otros conflictos, como el de la SGM, especialmente las películas ambientadas en Europa. No hay ninguna intención por mostrar las bellezas o singularidades del país ni de la región.

Lo único positivo que se puede decir de estas dos películas es que son dos películas de acción aceptables. En tierra hostil mantiene bien la tensión en ciertas escenas mediante un movimiento de cámara sin eje y un sonido excelente que te acerca al personaje protagonista, un especialista en desactivar bombas. Puede que en una sociedad tan militarista como la estadounidense estas películas tengan tirón ya que casi parecen un documental sobre el oficio de especialista militar, pero palidecen en comparación con el cine sobre el Vietnam, por ejemplo.

No se le puede pedir a Katryn Bigelow, directora de En tierra hostil, que explique el país en el que se desarrolla la acción, ni que hable de por qué se inició la guerra, pero al menos podría crear una obra más rica y colorida que no parezca escrita por un funcionario del Pentágono o la CIA. Lo peor es que, debido al relanzamiento de la guerra contra el terrorismo, creo que vamos a tener que sufrir muchos bodrios como los dirigidos por Bigelow o Eastwood.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Explicar el origen de Daesh no significa justificar sus actos terroristas


Con motivo de los atentados de París, un amigo me comentaba el otro día que “a ver si Europa les planta cara de una vez a los terroristas, que siempre son los mismos los que les hacen frente con huevos: EEUU”. A lo que yo respondí que EEUU tiene gran responsabilidad de que existan esos grupos terroristas igual que en su día la tuvo de fortalecer a los talibanes en Afganistán. También añadí que pese a la menor propaganda en occidente, Rusia ha hecho mucho más contra Daesh en 2 meses que EEUU en 2 años.

Su respuesta fue: “¿Y qué responsabilidad tiene EEUU? A ver si ahora la culpa de que atenten la tiene EEUU. ¿Entonces te parece bien que atenten?”. Estos días he escuchado varias veces este tipo de afirmaciones cuando alguien intentaba explicar los orígenes de Daesh, e irritado y con la confianza que da hablar con un amigo, comenzó la discusión.

En primer lugar señalé que EEUU, junto a España y Gran Bretaña, era el principal responsable de haber invadido y destrozado Irak amparándose en un pretexto -el de las armas de destrucción masiva- que como a estas alturas sabe todo el mundo, resultó ser totalmente falso. Después abandonó el país, sumido en el caos, y con un caldo de cultivo perfecto para favorecer la implantación y desarrollo de grupos extremistas.

No olvidemos que los orígenes de Daesh se encuentran precisamente en Irak, tras la desmembración del ejército y la inclusión de milicias sectarias en las nuevas fuerzas de seguridad establecidas por EEUU. Muchos de los viejos oficiales del ejército de Saddam fueron luego líderes importantes de Daesh.

Continué exponiendo el hipócrita papel de policía del mundo que lleva a cabo EEUU, amparando sus intervenciones en Libia o Siria bajo el pretexto de la defensa de los Derechos Humanos. En el caso de Libia, donde antes los grupos terroristas islamistas no movían ni un dedo, dejando una vez más un país destrozado y con ambiente propicio para la expansión del terrorismo, como así se ha demostrado.

Actualmente Libia es un Estado Fallido dividido en feudos controlados por diferentes grupos armados y señores de la guerra que se disputan el poder unos a otros. Ese es el legado que la OTAN le ha hecho al pueblo libio al que iban a “salvar”.

En Siria otro tanto de lo mismo, armando y entrenando a lo que ellos llaman “Rebeldes Moderados”, un conglomerado de más de 70 grupos armados diferentes en los que destacan grupos de corte islamista en su mayoría, muchos de los cueles han acabado desertando y abandonando las armas estadounidenses en manos del Frente Al-Nushra o Daesh, si no directamente pasando a engrosar las filas de estos grupos terroristas.

Le recordé que la historia ya nos había enseñado que esto podía ocurrir y le puse el ejemplo de Afganistán, cuando en la década de los 80, EEUU financió, entrenó y armó a los talibanes para apoyarles en su lucha contra la Unión Soviética. En aquellos días pudimos ver a líderes Talibanes sentados en la Casa Blanca y a Bin Laden en portadas de periódicos americanos presentado como un héroe de la lucha anti-soviética. No hace falta que diga lo que ocurrió después con Bin Laden y los Talibanes.

Mi amigo me dijo que si EEUU había intervenido en Libia o Siria, era para derrocar a régimenes dictatoriales. Ante eso le intenté hacer reflexionar sobre algunas cuestiones.

Los motivos de EEUU para intervenir militarmente en estos países distaban mucho de ser la lucha por la defensa de los DDHH. Fueron motivos de corte económico o de intereses geopolíticos. En el caso de Siria por poner un ejemplo, vieron la oportunidad de derrocar a uno de los principales aliados de Rusia en oriente medio en un momento en el que Rusia estaba ganando peso de nuevo en el mundo, especialmente en esa zona, con acuerdos con Irán y otros países.

El caso egipcio

Para intentar respaldar mis argumentos, le dije a ver si no se preguntaba por qué en Egipto no hubo intervención de EEUU a favor de los manifestantes.

Egipto fue uno de los países que vivieron lo que se conoce como “primaveras árabes”. En 2011, el pueblo egipcio se levantó contra Hosni Mubarak, militar que llevaba gobernando el país con mano de hierro durante 30 años, y tras ser reprimido a sangre y fuego y después de la muerte de 800 personas, consiguieron derrocarle. Todo ello sin la más mínima intervención militar extranjera de apoyo a los manifestantes, como sí ocurrió en Libia. A lo sumo, ambiguas declaraciones de la UE llamando al diálogo pero sin condenar contundentemente los asesinatos de la policía y el Ejército de Mubarak. Y es que Egipto recibe anualmente alrededor de 1.500 millones de dólares en ayuda militar por parte de EEUU

Después de la caída de Mubarak, se celebraron elecciones en las que resultó vencedor Mohamed Morsi. Su gobierno, pese a ciertas cuestiones polémicas, el primero elegido democráticamente en décadas, duró escasos meses hasta que el General al-Sisi protagonizó un nuevo golpe de estado haciéndose con las riendas del país. Este nuevo gobierno fue reconocido inmediatamente por EEUU.

Hosni Mubarak, que durante el breve periodo que duró el gobierno electo de Morsi, fue juzgado y condenado a cadena perpetua por su responsabilidad en el asesinato de cientos de personas durante la represión de las protestas, fue sometido a nuevo juicio por orden de la junta militar. Juicio del que, oh sorpresa, salió absuelto de todos los cargos.

Evidentemente, en el caso egipcio, a EEUU se le debió pasar todo su interés por defender los Derechos Humanos.

También conviene mencionar que uno de los principales aliados de EEUU en oriente medio, es Arabia Saudí, que pasa por ser uno de los países que más viola los DDHH en todo el mundo. Y es que Arabia Saudí, al igual que Daesh se rige por preceptos sacados de la llamada Ley Islámica o Sharia. No entraré en ello pero conviene recordar también la inestimable ayuda que ha supuesto Arabia Saudí para la expansión de Daesh en Siria e Irak. Sin embargo occidente y EEUU no le hacen ascos a su interesada amistad.


Conclusión

La acusación que hizo mi amigo sobre que yo justificaba los atentados terroristas de París no es la única cosa chocante que he escuchado estos días. El Presidente Hollande afirmaba el otro día que esto era una guerra entre su civilización y la nuestra.

Me gustaría saber a qué civilización se refiere Hollande, porque a Daesh le están combatiendo y sufriendo sobre el terreno y sin tanta propaganda como los bombardeos otanistas, el pueblo Kurdo (Que es periódicamente bombardeado por Turquía, miembro de la OTAN), Rusia, Irán, Irak, Hezbollah, Jordania… Todos ellos pueblos muy diferentes, con culturas diferentes y orígenes distintos.

Si con lo de “nuestra civilización”, Hollande se refiere a Europa y EEUU creo que no ha entendido nada. Ya de paso me gustaría recordar lo que tanto hemos repetido los últimos días. Las principales víctimas del terrorismo islamista son precisamente los musulmanes. No caigamos en provocaciones fáciles y en la xenofobia.

Por último, por si alguien no entiende la diferencia entre explicar y justificar, voy a poner un ejemplo muy sencillo:

En los libros del instituto nos explicaban el ascenso del nazismo en Alemania, por el sentimiento de humillación del pueblo alemán tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y las condiciones impuestas por los vencedores, lo que creó un caldo de cultivo perfecto para que germinase la semilla del nazismo.

¿Justificaban estos libros el nazismo al explicar el porqué de su surgimiento y auge? No creo que nadie lo piense, pero quien sabe…