jueves, 10 de noviembre de 2016

El Rust Belt castiga a Hillary y entrega EEUU a Trump


Los progres españoles andan especialmente dolidos estos días con la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de EEUU. Francino abría hoy La Ventana, programa vespertino en la Cadena Ser, con un  discurso contra el odio, el racismo y la misoginia que han llevado a Trump a la Casa Blanca; un tertuliano, presumiblemente dolido, decía sentirse "como cuando muere un familiar" –sí, tal cual–; Elvira Lindo afirmaba que Hillary no había ganado por ser mujer y que la clase trabajadora blanca era muy mala y racista; Jon Sistiaga aprovechaba la ocasión para promocionar cual mercader uno de sus reportajes sobre los racistas blancos. 

Llevaban media hora hablando del odio, el racismo y la xenofobia –y lo hacían como si hubiera surgido de la noche a la mañana– cuando finalmente uno de los contertulios mencionó levemente la explicación más razonable del sorprendente resultado que ha deparado el finalizado circo electoral: la tendencia del voto del Rust Belt (cinturón de óxido), tradicional bastión demócrata, a apoyar a Trump, a la postre decisivo.

Raza: eje constante de la política en EEUU
No hay que ser muy lúcido para ver que la retórica de Trump es frívola y abiertamente xenófoba, que su comportamiento en la vida personal es el de un sinvergüenza, que solamante su estatus de icono popular de EEUU le ha abierto las puertas de la Casa Blanca y que su discurso y proyecto parecen poco coherentes. Tampoco hay que ignorar que la raza vuelve a estar en el debate público de un país obsesionado con el tema, como prueban los últimos movimientos contra la violencia policial hacia los negros o el incremento de grupos racistas a lo ancho de EEUU. Sin embargo, el debate de la raza ha sido siempre un pilar de la sociedad americana, una cuestión que ha vivido progresos, regresiones, virajes y avances desde hace casi dos siglos.  Es por ello que las reacciones de muchos medios al fenómeno Trump parecen hipócritas. 

El racismo en EEUU es una constante desde su nacimiento, especialmente en el Sur, donde el racismo se ha perpetuado a lo largo del tiempo, incluyendo las épocas en las que el Partido Demócrata arrasaba electoralmente –cosa que ocurrió hasta la firma de los Derechos Civiles por Lyndon Johnson en 1964. Sin embargo, para cualquiera que lea o escuche nuestros medios de comunicación pensaría que ha sido Trump –y no el propio racismo institucional y estructural– quien ha reabierto el debate racial.

Posiblemente, a partir de ahora veremos a los medios responsabilizar a Trump de la violencia policial contra la población negra, algo que no han hecho en absoluto con el recrudecimiento de esta violencia en la legislatura Obama-Clinton. No obstante, no parece que haya sido el racismo quien ha marcado el resultado de la contienda, sino la crisis que azota a los sectores obreros más dañados por la economía. Crisis que, en última instancia, también podría verse mezclada en casos puntuales por la constante del racismo aunque tiendo a creer que son variantes diferenciadas.

Completa descripción gráfica del Rust Belt (amarillo) y la cuenca de carbón (azul). En verde claro, regiones renovadas.

La clase como eje y el Rust Belt
Los demócratas empezaron a perder la presidencia cuando pusieron a la burócrata siniestra de Hillary Clinton como candidata, y la entregaron finalmente a Trump cuando dejó los estados del Rust Belt a merced del discurso proteccionista del republicano. Pero, ¿qué es el Rust Belt? Es una región que se agrupa en forma de cinturón en torno a los grandes lagos al oeste de los montes Apalaches y que forman Wisconsin, Illinois, Michigan, Indiana, Ohio, Pennsilvania y el noroeste de New York. Una situación muy similar sufre la cuenca de carbón de los Apalaches. En términos raciales, cabe apuntar que esta clase obrera era y es predominantemente blanca, algo que han subrayado los medios progres y liberales.

Esta región industrial vivió una temprana industrialización que la aupó como cuna del gran movimiento obrero estadounidense. De ahí surgieron enormes industrias, ingentes beneficios y poderosos sindicatos que solamente empezaron a decaer entrada la década de los 80 con Reagan de presidente. El Rust Belt es una zona fácilmente reconocible para los duchos de la cultura norteamericana pues ha creado iconos tan reconocibles como el fordismo de la General Motors, las rivalidades deportivas de la región, una cultura obrera visible en música, cine y televisión...

Sin embargo, las diversas crisis del modelo de producción fordista en los países del primer mundo, las deslocalizaciones de las fábricas y el neoliberalismo acabó convirtiendo esta región en un ejemplo palmario de decadencia de una población obrera ligada a la desindustrialización, tal y como ocurrió en otras partes del globo como el norte de Gran Bretaña –el paralelismo con el Brexit no es casual.. En este enlace podrán ver una galería fotográfica que evidencia esta decadencia. Naves industriales abandonadas, pueblos empobrecidos, jóvenes sin futuro, viejos edificios que dejan intuir la pujanza de la región en el pasado...

El personaje de Frank Sobotka, líder sindicalista de la ciudad de Baltimore en la mítica serie The Wire, se lamentaba en vano, al hilo de la crisis que sufrían los de su clase, con una sencilla frase: "En este país solíamos fabricar cosas". Quien conozca la serie comprenderá perfectamente lo aquí comentado, no necesitará de más explicaciones y probablemente opine lo mismo que yo. Que obreros desesperados como Sobotka votaron a Trump el pasado martes. Se aferraron a un multimillonario populista que ligaba la grandeza de América a aquella época de esplendor industrial. Y es que Trump ha comprendido lo que sienten en las depauperadas zonas del Rust Belt, ha exprimido esas emociones durante la campaña electoral proponiendo aranceles que revitalicen la industria nacional y aislacionismo en el plano exterior. Todo lo contrario que Clinton, que se ha limitado a expresar las ideas bienpensantes que defiende la decrépita clase liberal estadounidense. Un discurso políticamente correcto pero electoralmente nefasto. 

¿A quién habría votado Sobotka?
El Partido Demócrata ha pasado de ser el partido de los sindicatos a convertirse en clara muestra del autoritario establishment neoliberal, que disciplina poblaciones a base de mercado y desigualdad. El problema es análogo al que sufren los partidos socialdemócratas europeos, que parecen incapaces de hablar claro a las que fueran sus bases con propuestas que limiten los desmanes del mercado y de la violenta competitividad. Han preferido llenar sus discursos con banalidades dedicadas a las clases medias aterrorizadas ante cualquier cosa que desafíe al dios Mercado. Y claro, ante este desprecio, la clase obrera vira a cualquiera que le prometa volver a tiempos mejores, llámese Trump, UKIP o Le Pen.

La imagen de abajo ilustra perfectamente cuál ha sido el comportamiento electoral de los estados del Rust Belt en esta ocasión. Las políticas de los años de Obama no han sido bien percibidas, aunque acometiera el costoso rescate de la General Motors y el Grupo Chrysler en 2009, operación criticada por los republicanos. Tan solo Illinois se ha mantenido demócrata en 2016 mientras que Michigan, Wisconsin, Pennsylvania y Ohio cambian de color con caídas de cerca de 10% del voto demócrata, muy superior a lo ocurrido en el resto de la nación. El caso de New York es muy diferente al tratarse de un estado tradicionalmente azul, al igual que el muy conservador Indiana, un estado más rural en el que el Ku Klux Klan gozó de una influencia enorme a principios de S.XX.



Perspectivas
No lo tiene fácil ni la clase obrera ni la izquierda para emerger de su decadencia compartida. Los obreros como clase solo aparecen en los periódicos cuando son culpables de hacer presidente a un impresentable como Trump y la izquierda ha dejado de hacer oposición al capitalismo por lo que ha dejado de ser izquierda transformadora. Y sin horizonte de transformación, la quimera de administrar justamente el capitalismo se vuelve ridícula, ñoña e impotente. Porque el centro de todo proyecto político transversal debe ser el ámbito económico, que es el que transforma en mayor medida el ámbito cultural, el laboral y, por supuesto, el social. Si los partidos que se definen de izquierdas no son capaces de enfrentar este dilema, si no se atreven a cruzar el Rubicón ni a romper el nudo gordiano que estrangula las economías del mundo, la clase obrera será pasto del populismo de derechas, del fascismo o de la desesperanza. De Trump, de Le Pen o de Rajoy.

Para ello convendría no hurtar los debates que preocupan verdaderamente a los pueblos. En el caso estadounidense, es necesario abandonar los lugares comunes y las fanfarrias buenistas para encarar reformas como la sanidad pública de calidad, la limitación del poder de los lobbies o la relajación de los conflictos militares. 

De momento, habrá que comprobar si las promesas de proteccionismo de Trump son ciertas, algo difícil de creer teniendo en cuenta el historial del personaje, las presiones a las que va a ser sometido y la naturaleza del capitalismo globalizado actual. Más creíble –y deseable hay que decir– puede ser el giro en política exterior que busca relajar el intervencionismo yankee y establecer mejores relaciones con Rusia, algo a lo que se oponía Hillary, quien pasará a la Historia como la agresiva halcón de la administración Obama que destruyó Libia y Siria. 

Si se confirma la decepción de Trump, se crearía el caldo de cultivo para una radicalización de sectores del Partido Demócrata influenciados por la experiencia Sanders. Si no es así, si la política no se desborda por el eje de la clase, lo hará por el otro. Por el de la raza, el idioma, la religión y todos esos delicados rasgos que conforman la etnicidad y que tanto agrada a las diferentes formas de fascismo que emergen últimamente en el atemorizado Occidente en el que vivimos.

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